Sierra de Ávila

La Sierra de Ávila: granito, encina y vacas negras

Prado con vacas negras pastando entre encinas y grandes rocas de granito redondeadas, bajo un cielo nublado

Desde la ciudad de Ávila, mirando hacia el oeste, se ve una línea de lomas que nunca llega a ser montaña. Esa es la Sierra de Ávila: más baja que Gredos, menos conocida y bastante más vacía.

No tiene picos famosos ni estaciones de esquí. Tiene un paisaje que se repite durante muchos kilómetros con pequeñas variaciones, y que cuesta poco aprender a leer: prados cercados con piedra, encinas sueltas, rocas redondeadas que salen del suelo y, cada pocos kilómetros, un pueblo con su torre.

El suelo

Todo empieza en el granito. Es la roca de casi toda la provincia y aquí asoma por todas partes, en berrocales de piedras enormes que la erosión ha ido redondeando. Es un suelo pobre, que retiene poca agua y da poco grano. Por eso la sierra ha sido siempre más de pastos que de siembra.

La misma piedra está en las casas, en las cercas, en las iglesias y en los abrevaderos. Un pueblo de la sierra visto desde lejos tiene el color del campo que lo rodea, porque está hecho con él.

La encina y el prado

El árbol de la sierra es la encina, a veces en manchas de monte, más a menudo sola o en grupos pequeños en medio de un prado. Da sombra al ganado en verano y bellota en otoño. Junto a los arroyos aparecen fresnos, chopos y sauces, y en algunas laderas, robles.

En primavera los prados se ponen muy verdes durante unas semanas. En agosto son de color paja. Quien venga en las dos épocas verá dos comarcas distintas.

Las vacas

La vaca que más se ve es la avileña-negra ibérica, una raza de la tierra, negra de los cuernos al rabo, hecha para vivir al aire libre todo el año en pastos duros. Conviven con rebaños de ovejas y, en algunas fincas, con caballos. La ganadería sigue siendo lo que da forma al paisaje: sin ganado, los prados se irían cerrando de matorral.

Los pueblos

Son pequeños, muchos con muy pocos vecinos en invierno, y se llenan en verano y en fiestas con los que se fueron y vuelven. Algunos municipios agrupan varios pueblos bajo un mismo ayuntamiento.

Es el caso de Manjabálago y Ortigosa de Rioalmar, dos pueblos con un solo ayuntamiento. Ortigosa está junto al río Almar, que va a dar al Tormes, y guarda la memoria de santa Teresa, que pasó allí temporadas de joven. Manjabálago tiene la iglesia de San Miguel arcángel y la leyenda del dragón al que vence el santo, convertida en el emblema del pueblo. La web del Ayuntamiento de Manjabálago y Ortigosa de Rioalmar es el mejor sitio para conocerlos: la contamos en uno de los artículos de abajo.

Antes de las iglesias

Mucho antes de estos pueblos, la provincia estuvo habitada por los vetones, un pueblo prerromano que construía sus poblados fortificados en lo alto de los cerros y dejó esculturas de granito con forma de toro o de cerdo, los verracos. Varios de esos castros se pueden visitar hoy. Les dedicamos el otro artículo.

Por la comarca